BITÁCORA: PACTO

Este texto formó parte de una colección especial de La Ramona dedicada al mundial de fútbol 2014, disputado en Brasil. Pueden disfrutar de los demás textos y colaboradores aquí.

Pacto


Hay pactos que nacen del vacío. De las palabras que no se cruzan, de las miradas que no se encuentran, del absoluto silencio. Complicidad gritodegol, arbitrovendido, teamohastalamuerte. Amor eterno, amor ciego, amor desenfrenado, amor desesperado, formas de nombrar ese pacto, ese silencio, esos 90 minutos en los que dejamos de ser esos tres cuerpos distintos, distantes, para convertirnos en familia, eso que somos y muchas veces no somos.

El 94. Etcheverry apenas pisa el césped y los recuerdos vienen así: papá eufórico, mamá elogiando a Cristaldo sin descanso y yo, con los muñecos Coca Cola de Trucco y Platini en las manos, apenas intuyendo que aquella imagen perduraría en el tiempo, por sobre los años. Un catre de plaza y media, una TV catorce pulgadas, la primera a colores, los tres acostados, muy juntos. Los dedos de mamá azules, fríos, es invierno y alguien debe lavar la ropa. Los ojos de papá ardiendo, hinchados, doble turno, trabajo, trasnoche. Expulsan al Diablo y desde entonces nadie pudo sacarle dos ideas a mi viejo: que los alemanes compraron a nuestra gran promesa y que el 10 actuó con dignidad frente a la prepotencia teutona. Una contradicción, como todo, como la vida.


Vino el 98, el Mundial lo vi solo, admiré a Ronaldo por sobre todas las cosas, no disfruté a Zidane. Nos va mejor. Mamá ya no lava la ropa, pero trabaja cada vez más, lo disfruta. Papá es un fantasma de fines de semana, el resto de los días es apenas ausencia. A mi hermano no le alcanzan las horas del día para atender sus incontables conquistas. Estoy solo, el Mundial es una casa en silencio, la radio encendida, la TV encendida. Estoy solo y Paola, la hija mayor de los inquilinos, de cuando en cuando toca la puerta, me regala besos y me deja tocarla. No hablamos. En el Mundial del 98 vi a mi selección preferida perder la final, pero fui feliz. El papá de Paola nos lleva al estadio algunos domingos. San José juega cada vez peor y yo hablo cada vez menos.


Después vinieron años intensos en los que poco importaban los mundiales o la selección o la familia. La vida se llenó de Boca Juniors, de V azulada, de vino en cartón, marihuana, teatro, chicas, peleas, lecturas, cine y ocio, mucho ocio.

Veinte años después, luego de cuatro mundiales, la vida nos devuelve a aquellos sitios que quizás nunca debieron desocuparse. El conjuro regresa y asumimos el pacto, cerrando heridas, guardando reproches, creyendo que somos algo más que una familia, quizás una forma de felicidad: 90 minutos, más la prórroga, más los penales.

Hoy, por sobre todas las cosas y sin mayores motivos que una complicidad muda e inexplicable, esperamos una albiceleste campeona del mundo.


Mi viejo está seguro de que este es su último Mundial.

Mi vieja desde hace mucho sabe que siempre puede ser el último.

Yo espero el apocalipsis con pocas esperanzas, pero feliz.

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